Una de las ideas clave de Sigmund Freud era la de asociación libre. Al decir una palabra, otra surgía, y así sucesivamente. La noción de viaje, por esa asociación, lleva a la de movimiento. Moverse, transportarse. Algo físico. Ya sea por vacaciones, trabajo o cualquier otra razón.
Cuando uno sale de su país, millones de retos acompañan ese viaje. El más difícil es el que menos dinero requiere: encajar. Es importante tener en cuenta que cuando se es inmigrante, siempre se lo va a pensar como a un extranjero. Ser forastero tiene beneficios y desventajas, aunque sean más las últimas, lamentablemente. Lo bueno es esa certeza de que nada está delimitado con tanta dureza y que las cosas pueden cambiar, como cambió la vida al mudarse. Y lo malo es que, por más que uno sepa tantas cosas de un “mundo” diferente, a veces ese contexto nuevo no se puede cambiar con sólo entrar en él. Entonces se verá todo tan diferente que no solamente será un extranjero para los otros, sino para sí mismo también. O peor aún, que los otros se conviertan en extranjeros, en esa barrera imposible de saltar, ese contacto que nunca termina de profundizarse.
La palabra “extranjero” también puede asociarse libremente al extrañamiento que implica que para que uno pueda estudiar su propia sociedad deba poner en duda todo ese bagaje social que convirtió en sentido común, desnaturalizarlo, y comenzar de cero para entender desde otro punto de vista lo que pasa a su alrededor. También sucede que a veces hay ciertos hechos que están muy adelante de nuestras narices… incluso tan adelante, que no llegamos a verlos con claridad. Y es ahí cuando hay que separarse de uno mismo, olvidarse, alienarse.
Pero el ser o sentirse extranjero no termina allí. O, mejor dicho, no implica solamente ser extranjero en un país o separarse de su propia historia para estudiar o entender a sus cohabitantes. Albert Camus refleja a otro extranjero por excelencia: el que incorpora las sensaciones de viaje con sólo mover un pie dentro de su casa y también debe alejarse de su propio contorno para encontrar su lugar con respecto a los demás. Monsieur Mersault es sólo un personaje, el protagonista de El Extranjero, pero debemos entender que existen incontables extranjeros en el mundo y que es indispensable que incorporemos la idea de que para ser extranjero no es preciso mudarse de casa ni conocer gente nueva. Monsieur Mersault se ve a sí mismo como extraño ante los otros y es por eso que llega a verse como un actor en un espectáculo del también es espectador; ve cómo el resto actúa frente a él, cómo lo juzgan por ser diferente y cómo responde exactamente lo que los demás no quieren escuchar. Los extranjeros en su país y ciudad natal se observan y observan su dificultad para insertarse.
Esos intentos fallidos de conectar con el resto no los refleja sólo Camus en El Extranjero. Fiódor Dostoievsky escribe Memorias del Subsuelo en 1864. En este libro, el escritor ruso describe, en primera persona, a un hombre lleno de maldad, desprecio y odio por el mundo, para mostrarnos cómo se siente aquel cuyo entorno no lo toma en cuenta y “crea un monstruo”, perverso y odioso, cuyo comportamiento habría resultado diferente si no hubiera sido un extranjero en su propia ciudad, que, en cuarenta años de vida, no consiguió “ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe..., ni siquiera un mísero insecto”, porque simplemente para los demás no era nadie.
La discriminación tiene mucho que ver con todo esto. Porque el extranjero es constantemente juzgado y observado por alguna u otra característica diferente. Sin embargo, lo que provoca esta sensación de vivir en donde uno no pertenece es una actitud de uno con respecto al mundo, en vez de la situación inversa.
Esta actitud puede, incluso, ser completamente voluntaria, sin la necesidad de “sufrirla” como lo hicieron los personajes de Camus y Dostoievski. En ocasiones, el hacerse extranjero de su lugar natal puede ser beneficioso. César Aira, en su ensayo Exotismo comenta cómo se puede describir lo que se vive des-nacionalizándose. Entonces, el escritor verá su vida como si no fuera suya (esto puede relacionarse con Monsieur Mersault, su vida era una obra de teatro donde él era el actor y espectador). Aira también explica que ese extranjero puede convertirse, también, en un viajero que escribe sobre aquello que conoció de ese lugar, que en realidad es donde vive. Porque el viajero ve todo aquello que el residente da por hecho de su alrededor. Muestra, entonces, cómo se construye a otro que, en verdad, es uno mismo.
Hay muchos tipos de extranjeros. Los que viajan y los que se quedan. Pero todos comparten sensaciones, sentimientos, vivencias. Eso los hace especiales y diferentes, pero en un buen sentido. Son los que tienen la capacidad de ver todo con otros ojos, quieran o no, para entender y explicar qué es lo que pasa incluso, en ellos mismos. Los extranjeros son grandes observadores de las ciudades nuevas en las que quieren encajar, pero también de las propias en las cuales no sienten que hayan nacido. A veces no deben salir de sus propias habitaciones para realizar esa emigración de sí mismos, para ser capaces de entender, aunque sea, sólo un poco.