domingo 1 de marzo de 2009

Los Extranjeros


Una de las ideas clave de Sigmund Freud era la de asociación libre. Al decir una palabra, otra surgía, y así sucesivamente. La noción de viaje, por esa asociación, lleva a la de movimiento. Moverse, transportarse. Algo físico. Ya sea por vacaciones, trabajo o cualquier otra razón.

Cuando uno sale de su país, millones de retos acompañan ese viaje. El más difícil es el que menos dinero requiere: encajar. Es importante tener en cuenta que cuando se es inmigrante, siempre se lo va a pensar como a un extranjero. Ser forastero tiene beneficios y desventajas, aunque sean más las últimas, lamentablemente. Lo bueno es esa certeza de que nada está delimitado con tanta dureza y que las cosas pueden cambiar, como cambió la vida al mudarse. Y lo malo es que, por más que uno sepa tantas cosas de un “mundo” diferente, a veces ese contexto nuevo no se puede cambiar con sólo entrar en él. Entonces se verá todo tan diferente que no solamente será un extranjero para los otros, sino para sí mismo también. O peor aún, que los otros se conviertan en extranjeros, en esa barrera imposible de saltar, ese contacto que nunca termina de profundizarse.

La palabra “extranjero” también puede asociarse libremente al extrañamiento que implica que para que uno pueda estudiar su propia sociedad deba poner en duda todo ese bagaje social que convirtió en sentido común, desnaturalizarlo, y comenzar de cero para entender desde otro punto de vista lo que pasa a su alrededor. También sucede que a veces hay ciertos hechos que están muy adelante de nuestras narices… incluso tan adelante, que no llegamos a verlos con claridad. Y es ahí cuando hay que separarse de uno mismo, olvidarse, alienarse.

Pero el ser o sentirse extranjero no termina allí. O, mejor dicho, no implica solamente ser extranjero en un país o separarse de su propia historia para estudiar o entender a sus cohabitantes. Albert Camus refleja a otro extranjero por excelencia: el que incorpora las sensaciones de viaje con sólo mover un pie dentro de su casa y también debe alejarse de su propio contorno para encontrar su lugar con respecto a los demás. Monsieur Mersault es sólo un personaje, el protagonista de El Extranjero, pero debemos entender que existen incontables extranjeros en el mundo y que es indispensable que incorporemos la idea de que para ser extranjero no es preciso mudarse de casa ni conocer gente nueva. Monsieur Mersault se ve a sí mismo como extraño ante los otros y es por eso que llega a verse como un actor en un espectáculo del también es espectador; ve cómo el resto actúa frente a él, cómo lo juzgan por ser diferente y cómo responde exactamente lo que los demás no quieren escuchar. Los extranjeros en su país y ciudad natal se observan y observan su dificultad para insertarse.

Esos intentos fallidos de conectar con el resto no los refleja sólo Camus en El Extranjero. Fiódor Dostoievsky escribe Memorias del Subsuelo en 1864. En este libro, el escritor ruso describe, en primera persona, a un hombre lleno de maldad, desprecio y odio por el mundo, para mostrarnos cómo se siente aquel cuyo entorno no lo toma en cuenta y “crea un monstruo”, perverso y odioso, cuyo comportamiento habría resultado diferente si no hubiera sido un extranjero en su propia ciudad, que, en cuarenta años de vida, no consiguió “ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe..., ni siquiera un mísero insecto”, porque simplemente para los demás no era nadie.

La discriminación tiene mucho que ver con todo esto. Porque el extranjero es constantemente juzgado y observado por alguna u otra característica diferente. Sin embargo, lo que provoca esta sensación de vivir en donde uno no pertenece es una actitud de uno con respecto al mundo, en vez de la situación inversa.

Esta actitud puede, incluso, ser completamente voluntaria, sin la necesidad de “sufrirla” como lo hicieron los personajes de Camus y Dostoievski. En ocasiones, el hacerse extranjero de su lugar natal puede ser beneficioso. César Aira, en su ensayo Exotismo comenta cómo se puede describir lo que se vive des-nacionalizándose. Entonces, el escritor verá su vida como si no fuera suya (esto puede relacionarse con Monsieur Mersault, su vida era una obra de teatro donde él era el actor y espectador). Aira también explica que ese extranjero puede convertirse, también, en un viajero que escribe sobre aquello que conoció de ese lugar, que en realidad es donde vive. Porque el viajero ve todo aquello que el residente da por hecho de su alrededor. Muestra, entonces, cómo se construye a otro que, en verdad, es uno mismo.

Hay muchos tipos de extranjeros. Los que viajan y los que se quedan. Pero todos comparten sensaciones, sentimientos, vivencias. Eso los hace especiales y diferentes, pero en un buen sentido. Son los que tienen la capacidad de ver todo con otros ojos, quieran o no, para entender y explicar qué es lo que pasa incluso, en ellos mismos. Los extranjeros son grandes observadores de las ciudades nuevas en las que quieren encajar, pero también de las propias en las cuales no sienten que hayan nacido. A veces no deben salir de sus propias habitaciones para realizar esa emigración de sí mismos, para ser capaces de entender, aunque sea, sólo un poco.

Sarajevo

Yacía inmóvil en la puerta de la ya destruida biblioteca de Sarajevo. El impacto de los cohetes había dejado su brazo izquierdo completamente amorfo, el ruido de la explosión lo había alcanzado con tal brusquedad que había perdido toda posibilidad de razonar por sí mismo para alejarse y cuidar su vida. Pero su mente funcionaba, Mirko Beltic sabía, al mirar su brazo malherido que en aquel momento la historia de su amado Sarajevo, la historia que él tenía el placer de cuidar, mantener y leer diariamente, había desaparecido sin más.

Nunca hubiera imaginado que la biblioteca sería devastada. La guerra sólo sucedía fuera de ella, Beltic se sentía a salvo rodeado de tanta historia. Tres semanas atrás, mientras en frente arrasaban con los edificios, él ordenaba los libros de poesía. Miraba a la gente morir, llorar, gritar. Pero él estaba a salvo. “Este es el paraíso de Sarajevo”, pensaba, mientas los estruendos demolían el silencio de lectura de una manera estrepitosa. Se asomó a la ventana y, tan pronto sintió el olor del polvo de ladrillo de tantos sueños terminados, cerró los ojos, respiró profundo y continuó inmerso en el mundo de la literatura. “Nada puede suceder aquí”, pensaba. “Todo Sarajevo debería estar aquí, a salvo”

Estaba perdiendo demasiada sangre. Debía pedir ayuda, pero una extraña desolación le había hecho imaginar que ni el grito más enérgico y valiente sería oído. Nada valía la pena ya. Con la historia de Sarajevo había desaparecido el sentido de su vida. Y Beltic lloró, lloró tan profundamente que sus lágrimas llegaron a la herida de su brazo y le hicieron sentir cuán profunda era. Levantó su mirada, recorrió todos los sectores de la biblioteca con lo poco de fuerza que había podido acumular en aquel momento, y reconoció entre el fuego la sección de Historia. El daño físico no era tan intenso como el del alma. Se sintió vencido y se entregó a la muerte.

Conocer por la pantalla


Le había dicho a mi padre que no comenzaría mis estudios universitarios si no visitaba Europa. Y pasaron los años y todavía no tengo idea de cómo voy a hacer para conocer París, o Londres. Pero, claro, sí voy a la facultad.

El otro día recordé esa amenaza que le había hecho a mis padres (o a mí misma) y dije con mucha seguridad, en una cena en familia, que era el momento de viajar por el mundo, de empezar a derrochar el dinero que tanto esfuerzo cuesta conseguir. Al instante, mi querido papá me dijo: “Nena, para qué vas a recorrer el mundo, poné Discovery y conocés hasta el África”.

Fue terrible escuchar eso. Entendí que no había mucho que hacer. Evidentemente, no está en mis posibilidades económicas conocer Europa. Pero la idea de conocer el mundo a través de la televisión es tan absurda como saborear las comidas que muestran las recetas de cocina.

Discutí un rato bastante largo con toda mi familia. Ellos alegaban que no sólo la televisión, sino el Internet, iban a disminuir la cantidad de viajes alrededor del mundo. Yo no podía siquiera concebir la idea de quedarme dentro del país por el resto de mi vida.

Hasta que me levanté y me fui de la sala, sentí que no había posibilidad de hacerles comprender las tonterías que, con tanta seguridad, decían.

Con desgano y algo de tristeza me acosté en mi cama, y la tele me mostró lo bien que la pasó una actriz cuando conoció la Torre Eiffel.

Almuerzo en el Ben Pao


Entré a Ben Pao Restaurant, el negocio de comida china allá en Chicago, exactamente situado en 52 West Illinois Street. “Al entrar, te olvidarás que alguna vez llegaste a Estados Unidos”, había comentado Stephanie.

Comida china en Chicago. Pensar que el día anterior había comido salchichas en Maxwell Street… las “Polish Sausages” (“salchichas polacas”) y ese “plato” es el más exitoso del Estado del norte de Norteamérica (valga la redundancia). Primero salchichas polacas, después comida china. Pedí un plato que no sabía ni qué quería decir. Me atendió una hermosa rubia con gran sobrepeso y rasgos occidentales. Imaginé que Stephanie no la había visto la vez que había tenido el gusto de visitar el Ben Pao, para haberme hecho creer que me sentiría en Beijing.

Comí, muy desconfiada de aquello que ingería. No me gustó mucho, realmente. Pero los 15 dólares debían valer, así que hasta no terminar mi plato no levanté la mirada. Llegó el momento de la sobremesa y procedí a observar el ambiente. A mi lado, un afroamericano con mucha pinta de bluesero deglutía algo parecido al sushi. Frente a él, otra turista. Creo que era árabe. Y, en la fila de los pedidos, una mujer de baja estatura con rasgos orientales.

La mujer parecía miserable, triste. Cuando llegó al frente, le habló en un rapidísimo chino a la cajera que mencioné un poco antes. La cajera se reía, le pidió que hablaran en inglés. Ella, con mucha dificultad, llegó a esbozar las palabras “I don’t know” (“no sé”) y señaló un plato que, según pude ver, ella conocía muy bien.

Cuando ella terminó de comer, se quedó sentada. Parecía más miserable que cuando esperaba su turno para pedir. De repente, aparece, de la nada, un hombre, vestido de blanco. Parecía el cocinero. La mujer rubia y obesa le da un cheque, unas palmadas en la espalda, y sigue atendiendo. El hombre se acerca a la señora oriental y la abraza, con tristeza. Entendí que lo habían despedido.

Nunca me sentí tan en Estados Unidos como cuando fui al Ben Pao de Chicago.

(2008) - Ya no da para más

“El rector de la Universidad de Buenos Aires, Rubén Hallú, reclamó al Gobierno $ 2454 millones como presupuesto para poder funcionar en 2009, casi $ 1000 millones más de lo que recibe actualmente.” El suplemento Cultura del diario La Nación del miércoles 24 de septiembre no vacila en comenzar su artículo con la penosa realidad de nuestra facultad: se nos está haciendo difícil sostener la gratuidad de la enseñanza y, aunque afortunadamente existen profesores que hacen de nuestra querida UBA aquello que invita a que decenas de miles de estudiantes la sigan eligiendo, la situación edilicia, los salarios y la desorganización en general amenazan constantemente tanto prestigio construído.

No es necesario entender, para los que día a día tenemos la dicha de asistir a clases, que el presupuesto exigido no es, en absoluto, exagerado. Basta con caminar por los pasillos para saber que el estado de las paredes y techos es pésimo. Basta con sentarse en uno de los asientos de cualquier aula para dar cuenta de que es hora de cambiarlos. Basta con ver cómo una joven discapacitada no puede llegar al cuarto piso, porque el ascensor sólo llega al tercero (si es que funciona). Y basta con ver cómo nuestros profesores se desviven por educarnos y se preocupan por nuestro rendimiento para estar seguros de que no están cobrando el sueldo que merecen (si es que cobran alguno).

Y los estudiantes ya no saben cómo reclamar. Porque por más dinero que las autoridades demanden, hay un sector de nuestra sociedad que no ve las condiciones bajo las cuales nosotros nos cultivamos como futuros profesionales. Tan desesperante es la realidad que algunas agrupaciones quieren volver a tomar las facultades de Ciencias Sociales y alterar el curso del año académico, de nuevo.

Algunos hemos tenido clases públicas en el medio de la calle aquellos días. Hacía menos de 10 grados e incluso llovía. Pero entendíamos el reclamo (aunque algunos no entendíamos el método del mismo). Todavía no sabemos si de algo sirvió tanto escándalo mediático y la gripe. Aún así, seguimos apreciando a nuestra UBA con todo lo que ello implica. Nadie sabe más que nosotros todo lo que hace falta mejorar. Y nadie entiende menos que nosotros cómo en este estado, aún, sigue en pie.